Por Gabriela Zayas
El tiempo aquí fuera pasa de otro modo. El tiempo no tiene una sola interpretación. Todos saben que sus ritmos son variables. El tiempo aquí, el tiempo en que te recuerdo, es infinitamente lento. Salgo del piso. Camino hacia el Portal del Ángel. Tengo tiempo y miro con detenimiento los escaparates de anticuarios, de marquistas; las galerías comerciales, las tiendas de discos, los bares. Atravieso las Ramblas y la calle Canuda antes de llegar a la Plaza. Entro en el café de la Catedral, todavía cerca de donde ocurrió aquel parricidio que aún recuerdan en el barrio, por su horrible crudeza.
Nadie conocía a aquel chico, me dice mi casual compañera de mesa. El bar está lleno hasta los topes y me ha pedido que la deje sentar mientras bebe su copa de cerveza. Me conocía de vista, me dice, me ha visto en otras ocasiones por aquí. Asiento. Didier, me cuenta, fue condenado a cumplir la pena en el Hospital Psiquiátrico de Reus hasta llegar a la mayoría de edad. Después, sería liberado. Un niño aislado, que desconocía el mundo que se extendía más allá de los visillos de la ventana. Al parecer, la mayor parte del tiempo la había pasado en una cuna, dormido o drogado. Su único entretenimiento fue mirar y mirar a su alrededor, haciendo un día tras otro de su corta vida, el monótono catálogo de los objetos de la habitación: la colcha de la cama de su madre, las figuras de un belén que años atrás se había montado y no había sido guardado. Las botellas de colonia, los frascos de crema, los pintalabios de Julie.
Mi desconocida narradora era una mujer cuyos ojos me recordaban vivamente los tuyos. De ahí que la escuchara con absoluta atención y accediera, gustoso, a escuchar la truculenta historia de aquel crimen.
Julie, la madre, era una mujer aún atractiva. Cuando digo “aún”, me refiero, me dijo mi narradora, a que todavía las arrugas que surcaban su rostro la hacían parecer interesante, todavía no decrépita. Su cuerpo seguía siendo grácil, pero la sonrisa no acababa de cuajar en el delicado rostro. Siempre vestida de negro y con sencillez, recordaba a todos la época en que Saint Germain se hallaba lleno de cuevas de jazz y la “bohemia” aún existía. Julie se parecía a aquella cantante ¿Yo no la conocía? ¿no había oído hablar de ella? Se llamaba Juliette Greco. Estuvo muy de moda en mis años de juventud, dijo mi narradora. Claro que yo era demasiado joven para conocerla. El caso es que, delgada y distante, Julie, una francesa que hablaba con dificultad el castellano, iba y venía, abría y cerraba la puerta del portal, sin intercambiar palabra con nadie. Por eso mismo, nadie sabía que en su vida existía un secreto: la existencia de Didier, su presencia, hacía años, en la casa.
La mañana que Didier salió a la calle por vez primera, semidesnudo, manchado de sangre y balbuceando incoherencias, no se pudo establecer en un primer momento de dónde provenía. Bastante alto y encorvado, el albornoz azul con ositos blancos que vestía le llegaba apenas a cubrir las nalgas. Los brazos difícilmente entraban en las mangas. Le cubrían hasta los codos, apretando sus macilentas carnes. La blancura extrema del rostro y de todo su cuerpo revelaban bien a las claras que no había sido expuesto directamente a la luz del sol. Azorado, el muchacho se quedó hecho un ovillo en la acera, con los ojos cerrados y los labios temblando, a unos cincuenta metros de su domicilio. Casi enseguida, personas solícitas y extrañadas le rodearon ¿Qué ocurre, chaval? Su balbuceo no cesó, pero era ininteligible. No lloraba (después se comprobó, dijo mi narradora, que ni siquiera al sufrir un daño físico, un golpe fuerte o una caída, Didier era capaz de llorar: no conocía el consuelo de las lágrimas). Se le veía abatido y confuso y su mirada era errática. Nadie se atrevió a tocarlo hasta la llegada del SAMUR.
Entre las calles de este barrio de estudiantes, de artistas y de malvivientes, te recuerdo, querida mía. Recorro estas calles observando todas las nucas, buscando en todos los ojos. Esperando que un día, por un extraño milagro (pero qué digo: todos los milagros son extraños y ésa es, precisamente, su naturaleza), vengas a mí o vislumbre tus cabellos o tu cuello. Tu estrecha cintura, tus hermosas, sinuosas caderas. Sueño con frecuencia que me buscas en la estrecha calle. Que llamas a mi puerta. Cada vez que suena el timbre me sobresalto, pensando en ti; late mi corazón aceleradamente por ti, hasta parecer que va a estallarme dentro del pecho; mis dedos esperan tus mejillas, tus sienes, tus cabellos; mi boca muerde la tuya, antes de besarla. Pero nunca eres tú. Tú no llamas nunca a mi puerta. El tiempo eternizado de tu pérdida me inunda mansamente: la certidumbre de tu pérdida. Mis ojos ya no te lloran. Tu ausencia es ya sustancial en mí. Inquieto con tu recuerdo, desosegado, vuelvo a mirar los ojos de mi interlocutora y vuelvo a la historia de Didier. Mientras la narra, la mujer fuma compulsivamente. Mira hacia el vacío o hacia la copa de cerveza que bebe lentamente. Evita mi mirada al narrar la terrible historia. Mi mirada escrutadora, fija en ella, atenta.
Poco después de llegar el SAMUR, llegó también la policía. Se siguió el breve rastro de sangre que el muchacho había dejado tras de sí en sentido inverso y penetraron en el portal, subieron la escalera, abrieron la puerta y hallaron el lugar del crimen.
Allí se hallaba el cadáver decapitado de una mujer, cuidadosamente colocado dentro de la cuna en la que luego se supo que había dormido Didier desde su nacimiento. Una cuna romántica, inocente como todas las cunas, pintada de blanco y con los esbeltos barrotes torneados. Sobre la cama de matrimonio que se hallaba en la misma habitación, fue encontrada la cabeza, depositada sobre una de las almohadas.
La autopsia demostró después que Julie no había sido violada. Sin embargo, su cuerpo había sido cubierto con saliva y después, rociado con el semen del adolescente de 13 años. La cabeza había sido lavada, me dijo, estremeciéndose, mi narradora. Didier había removido todo rastro de sangre. El cabello había sido secado y peinado. En el rostro destacaba un “rouge” intenso de Chanel. Tenía una expresión tranquila. Sí, tranquila. No era más que una cabeza limpia, perfectamente colocada encima de un almohadón. Ominosa, la cabeza casi esbozaba aquella sonrisa que en vida de Julie no había conseguido cuajar.
Mientras escucho la historia, impasible, recorro el rostro de la mujer del bar. Miro sus manos nerviosas, que van del cigarrillo al cenicero y luego a la copa de cerveza. Y miro su boca, que se abre y cierra al articular la narración y al fumar y al beber el dorado líquido. Miro también la ceniza acumulada en el cenicero, inmunda. Al mirar sus manos blancas me vienen a la memoria tus blancas manos, tan dulces, tan pequeñitas. Tus dedos finos, las afiladas uñas con que arañaste mis manos y mi rostro, querida madre mía, mientras yo te cortaba el grácil cuello. Una vez terminadas la historia del niño asesino y la copa de cerveza, he invitado a la mujer narradora a tomar una segunda copa en mi piso de la Calle Escudellers. Y ella ha aceptado, sonriente. Desde luego, tiene una hermosa cabeza.
viernes, enero 28, 2005
viernes, abril 16, 2004
Libros: Las "Obras Completas" de tantos grandes escritores, publicadas de nuevo por "Aguilar".
De jovencita, tuve en mis manos aquellas ediciones míticas, encuadernadas en piel, con papel Biblia. Las de Dante, las de Federico, las de Galdós. Con mis traslados inacabables, fui dejando muchas por el camino. Ahora vuelvo a ellas. Con un papel más vulgar, pero las mismas. Escojo, para empezar, una de mis favoritas:
"Ana Karenina". ¡Qué obra maestra! En mi mente, la versión cinematográfica de Greta Garbo. Siempre, en mi mente, será ella la torturada e inocente Ana. Ana la enamorada del amor, Ana la que lo entrega todo al inconstante Vronski... y Levin, y Kitty. Personajes maravillosos, inmortales.
Pero también en "Aguilar" he vuelto a tener cerca a Eugenia Grandet, a la prima Bette, a Alioscha, de los Karamazov, a Hamlet o a Julieta, a Jean Valjean, a Cossette...
Un festín.
El gran dramaturgo sueco, August Strindberg, escribió que después de leer completa "La Comedia Humana" de Balzac, había surgido en él un hombre nuevo. Al comprar estas obras maestras, estas obras completas de tantos genios, pienso que aún a mi edad, tendré tiempo de releer y de leer todo esto (esto sí es un tesoro, y no el de Gollum), y saldré siendo una nueva persona. Me metamorfosearé. Seré un espíritu magnífico.
De jovencita, tuve en mis manos aquellas ediciones míticas, encuadernadas en piel, con papel Biblia. Las de Dante, las de Federico, las de Galdós. Con mis traslados inacabables, fui dejando muchas por el camino. Ahora vuelvo a ellas. Con un papel más vulgar, pero las mismas. Escojo, para empezar, una de mis favoritas:
"Ana Karenina". ¡Qué obra maestra! En mi mente, la versión cinematográfica de Greta Garbo. Siempre, en mi mente, será ella la torturada e inocente Ana. Ana la enamorada del amor, Ana la que lo entrega todo al inconstante Vronski... y Levin, y Kitty. Personajes maravillosos, inmortales.
Pero también en "Aguilar" he vuelto a tener cerca a Eugenia Grandet, a la prima Bette, a Alioscha, de los Karamazov, a Hamlet o a Julieta, a Jean Valjean, a Cossette...
Un festín.
El gran dramaturgo sueco, August Strindberg, escribió que después de leer completa "La Comedia Humana" de Balzac, había surgido en él un hombre nuevo. Al comprar estas obras maestras, estas obras completas de tantos genios, pienso que aún a mi edad, tendré tiempo de releer y de leer todo esto (esto sí es un tesoro, y no el de Gollum), y saldré siendo una nueva persona. Me metamorfosearé. Seré un espíritu magnífico.
domingo, abril 11, 2004
Libros :
"Las siete cabritas" de Elena Poniatowska.
Se trata de un libro en el que la periodista y escritora mexicana expone, con su vitalista y coloquial estilo, la vida y milagros de 7 mujeres mexicanas del siglo XX.
Mujeres que fueron independientes, creadoras, rompedoras. Pintoras (Frida Kahlo, María Izquierdo, Nahui Olln), Escritoras (Pita Amor, Nahui, Rosario Castellanos, Elena Garro),y la bailarina y coreógrafa Nelly Campobello.
Probablemente, desde Europa, sea difícil comprender cómo un país considerado el paraíso del machismo, pudo permitirse a estas mujeres, que no son las únicas. México es revolucionario y dio paso a estas privilegiadas mentes y a estos corazones femeninos.
El libro, editado en España por la editorial vasca Txalaparta, es indispensable para conocer un poco de la historia (cultural y social) de México en el siglo XX.
De Pita Amor:
Dios, invención admirable
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable
¿por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
¿o quieres que vaya yo?
Pita Amor, que no amó a nadie más que a sí misma...
"Porque yo que he sido joven, soy joven porque tengo la edad que quiero tener. Soy bonita cuando quiero y fea cuando debo. Yo, que he sido la mujer más mundana y frívola del mundo, no creo en el tiempo que marca el reloj ni el calendario. Creo en el tiempo de mis glándulas y de mis arterias. La angustia hace mucho que la abolí. La abolí por haberla consumido".
Nahui Olin escribe a los 10 años:
"Soy un ser incomprendido que se ahoga por el volcán de pasiones, de ideas, de sensaciones, de pensamientos, de creaciones que no pueden contenerse en mi seno y por eso estoy destinada...
No soy feliz porque la vida no ha sido hecha para mí, porque soy una llama devorada por sí misma, que no se puede apagar. Protesto, a pesar de mi edad, por estar bajo la tutela de mis padres".
¿Sorprendente?
Maravilloso.
Elena Garro:
"Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga".
Otro día seguiré con estas mujeres...hablando con ellas...memorizando, de nuevo, mi país.
"Las siete cabritas" de Elena Poniatowska.
Se trata de un libro en el que la periodista y escritora mexicana expone, con su vitalista y coloquial estilo, la vida y milagros de 7 mujeres mexicanas del siglo XX.
Mujeres que fueron independientes, creadoras, rompedoras. Pintoras (Frida Kahlo, María Izquierdo, Nahui Olln), Escritoras (Pita Amor, Nahui, Rosario Castellanos, Elena Garro),y la bailarina y coreógrafa Nelly Campobello.
Probablemente, desde Europa, sea difícil comprender cómo un país considerado el paraíso del machismo, pudo permitirse a estas mujeres, que no son las únicas. México es revolucionario y dio paso a estas privilegiadas mentes y a estos corazones femeninos.
El libro, editado en España por la editorial vasca Txalaparta, es indispensable para conocer un poco de la historia (cultural y social) de México en el siglo XX.
De Pita Amor:
Dios, invención admirable
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable
¿por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
¿o quieres que vaya yo?
Pita Amor, que no amó a nadie más que a sí misma...
"Porque yo que he sido joven, soy joven porque tengo la edad que quiero tener. Soy bonita cuando quiero y fea cuando debo. Yo, que he sido la mujer más mundana y frívola del mundo, no creo en el tiempo que marca el reloj ni el calendario. Creo en el tiempo de mis glándulas y de mis arterias. La angustia hace mucho que la abolí. La abolí por haberla consumido".
Nahui Olin escribe a los 10 años:
"Soy un ser incomprendido que se ahoga por el volcán de pasiones, de ideas, de sensaciones, de pensamientos, de creaciones que no pueden contenerse en mi seno y por eso estoy destinada...
No soy feliz porque la vida no ha sido hecha para mí, porque soy una llama devorada por sí misma, que no se puede apagar. Protesto, a pesar de mi edad, por estar bajo la tutela de mis padres".
¿Sorprendente?
Maravilloso.
Elena Garro:
"Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga".
Otro día seguiré con estas mujeres...hablando con ellas...memorizando, de nuevo, mi país.
viernes, abril 09, 2004
Cine: "Big Fish" de Tim Burton.
Es un poeta de la imagen. Un espíritu fantástico, también un poco fantasmal. Que ama las nieblas que se levantan en los bosques y las extrañas criaturas que ahí pueden vivir y viven, alejadas de los ojos de los prosaicos.
Lo improbable, incluso lo muy improbable, puede ser cierto. La vida no está solamente constituida de la plana realidad. Lo ficcional puede encarnarse. Ante los ojos atónitos del hijo, todos los seres, todos los hechos surgidos de la fantasía del padre, vienen a juntarse en una ceremonia de despedida. Hay bondad. solidaridad, colaboración en la película. No hay maldad. Ni una sola acción viene precedida ni por el odio, ni por la envidia, ni por la avaricia.
El padre es el gran pez que no puede ser pescado. El superviviente: el mito.
Y los que en la penumbra del cine gozamos y sufrimos con sus avatares, nos sentimos unidos por las lágrimas que corren, reales y no ficticias, porque deseamos creer que es cierto lo que nos cuenta la ficción. Esa es la magia del cine.
Magnífica banda sonora, como siempre, de Danny Elfman.
Es un poeta de la imagen. Un espíritu fantástico, también un poco fantasmal. Que ama las nieblas que se levantan en los bosques y las extrañas criaturas que ahí pueden vivir y viven, alejadas de los ojos de los prosaicos.
Lo improbable, incluso lo muy improbable, puede ser cierto. La vida no está solamente constituida de la plana realidad. Lo ficcional puede encarnarse. Ante los ojos atónitos del hijo, todos los seres, todos los hechos surgidos de la fantasía del padre, vienen a juntarse en una ceremonia de despedida. Hay bondad. solidaridad, colaboración en la película. No hay maldad. Ni una sola acción viene precedida ni por el odio, ni por la envidia, ni por la avaricia.
El padre es el gran pez que no puede ser pescado. El superviviente: el mito.
Y los que en la penumbra del cine gozamos y sufrimos con sus avatares, nos sentimos unidos por las lágrimas que corren, reales y no ficticias, porque deseamos creer que es cierto lo que nos cuenta la ficción. Esa es la magia del cine.
Magnífica banda sonora, como siempre, de Danny Elfman.
jueves, abril 08, 2004
Cine: "Muerte en Venecia", de Luchino Visconti.
Pocas películas reflejan tan delicada y exactamente el libro que toman como base como ésta. La entrada del aquí músico (en la obra, poeta) , en Venecia es de un lirismo y de un simbolismo en todo igual al de la novela de Thomas Mann. El amor prohibido, inesperado y doloroso de Bogarde por el bello Tadzio. La coquetería de éste. Su trágica maldad, por ser tal vez instintiva: esas sonrisas, esas miradas, esas posturas seductoras... la belleza frente a la decadencia física, y la debacle moral de un moralista. Y Venecia, otra metáfora: bellleza putrefacta, apestada.
Al ver la peli me pregunto si es inevitable que la belleza esté unida a la melancolía. A la descomposición o a la conciencia de pérdida o de imposible posesión del que la contempla. Me pregunto si sólo se puede apreciar la belleza en toda su gracia a partir de la madurez, que nos aleja, ineluctablemente, de ella.
¿Podemos poseer, aunque sólo sea un segundo, la belleza de otro, de otros? ¿O estamos condenados a no poder tender ningún puente, a quedarnos, como Borgarde, anclados en la tumbona de la playa, mirando la grácil figura señalar el infinito, entre brumas...inalcanzable?
Pocas películas reflejan tan delicada y exactamente el libro que toman como base como ésta. La entrada del aquí músico (en la obra, poeta) , en Venecia es de un lirismo y de un simbolismo en todo igual al de la novela de Thomas Mann. El amor prohibido, inesperado y doloroso de Bogarde por el bello Tadzio. La coquetería de éste. Su trágica maldad, por ser tal vez instintiva: esas sonrisas, esas miradas, esas posturas seductoras... la belleza frente a la decadencia física, y la debacle moral de un moralista. Y Venecia, otra metáfora: bellleza putrefacta, apestada.
Al ver la peli me pregunto si es inevitable que la belleza esté unida a la melancolía. A la descomposición o a la conciencia de pérdida o de imposible posesión del que la contempla. Me pregunto si sólo se puede apreciar la belleza en toda su gracia a partir de la madurez, que nos aleja, ineluctablemente, de ella.
¿Podemos poseer, aunque sólo sea un segundo, la belleza de otro, de otros? ¿O estamos condenados a no poder tender ningún puente, a quedarnos, como Borgarde, anclados en la tumbona de la playa, mirando la grácil figura señalar el infinito, entre brumas...inalcanzable?
martes, abril 06, 2004
Cine:
La Mala Educación.
Sin que llegue a tener el aliento poético y perfeccionista de Hable con ella, la nueva peli de Almodóvar posee la rara cualidad de hablar a un tiempo de una historia que nos es totalmente ajena y de hablar de nuestra historia. La de todos. Sin necesidad de ser travesti, cura, alumno de colagio religioso, henos ahí: un retrato de nuestra alma, alegre y desconfiada, destrozada por algún amor imposible y torturante. Mezquinos y altruistas, ahí estamos... y Gael, ángel femenino-masculino. Y Giménez Cacho: imponente mirada de desolación. Lástima que le sobre, a la peli, como siempre, una parte. Para mí, el pastiche final de la "realidad" (con un Lluis Homar de mirada bovina), está de más. Y lo mismo el personaje de Enrique, carente de entidad propia. Sólo sirve para dar paso a la historia, para que la historia se desarrolle, pero no expresa nada. Fele es pelele. En fin, la perfecciión no existe. Pero sí la belleza.
La Mala Educación.
Sin que llegue a tener el aliento poético y perfeccionista de Hable con ella, la nueva peli de Almodóvar posee la rara cualidad de hablar a un tiempo de una historia que nos es totalmente ajena y de hablar de nuestra historia. La de todos. Sin necesidad de ser travesti, cura, alumno de colagio religioso, henos ahí: un retrato de nuestra alma, alegre y desconfiada, destrozada por algún amor imposible y torturante. Mezquinos y altruistas, ahí estamos... y Gael, ángel femenino-masculino. Y Giménez Cacho: imponente mirada de desolación. Lástima que le sobre, a la peli, como siempre, una parte. Para mí, el pastiche final de la "realidad" (con un Lluis Homar de mirada bovina), está de más. Y lo mismo el personaje de Enrique, carente de entidad propia. Sólo sirve para dar paso a la historia, para que la historia se desarrolle, pero no expresa nada. Fele es pelele. En fin, la perfecciión no existe. Pero sí la belleza.
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